El rey haba (The bean King). Jacob Jordaens. 1638. Museo L´Hermitage

El rey de la faba

Jacob Jordaens “El rey haba”. 1638. Museo del Hermitage. San Petersburgo.

Por Mina Dafnomili

“Infanzones, fijosdalgos, esforzados caballeros, bellas damas, doncellas de rostro hechicero… !oid!, ¡oid!, ¡oid!..” Con esta frase se iniciael 5 de enero una nueva edición de la recreación de una ceremonia antiquísima:  La coronación del Rey o Reina de la Faba. Una ceremonia que nos retrotrae  unos cuantos siglos atrás hasta las más puras esencias del Reino de Navarra.

El pasado

Tras siglos del paso de reyes y dinastías, llegaron al trono de Navarra los Teobaldos,  procedentes de la casa de Champaña, en Francia. Hasta ese momento los monarcas navarros habían sido hombres rudos, peleones, guerreros;  y con los afrancesados Teobaldos llegaron al Reino de Navarra las posturas elegantes, los comportamientos refinados, las buenas maneras, las ceremonias y castillos señoriales como el de Olite.

Antiguo palacio de los Teobaldos en la localidad navarra de Olite

Antiguo palacio de los Teobaldos en la localidad navarra de Olite (fuente: viajeblogevasión)

Entre las costumbres que trajeron hubo una especialmente curiosa; era una costumbre impregnada de humanidad: El Rey de la Faba, instituida en el siglo XIII por Teobaldo I, primer rey de la dinastía  de Champaña. No hay que olvidar que este  monarca, a diferencia de su antecesor Sancho el Fuerte y de cuantos le precedieron en el trono, tenía más dotes de poeta que de guerrero.

Un día al año, el día de Reyes, que solía ser siempre el 5 de enero, víspera de la Epifanía, los reyes de Navarra invitaban a una gran fiesta a los niños más pobres de la localidad que en ese momento fuera designada como sede real. Ese día  los niños comían como nunca lo habían hecho, ni tan siquiera soñado. Al finalizar la comida el cocinero real ponía sobre la mesa una gran torta, cortada en tantos trozos como niños invitados había. Era una tarta que en su interior ocultaba un haba. Hecha la partición, cada niño cogía un trozo sabiendo que, como mínimo, iba a llenar bien su estómago. Finalmente solo uno acababa siendo el afortunado, aquel que mostraba el haba. Y aquél niño era, a partir de ese momento, merecedor de todo tipo de honores y caridades, siendo ataviado al día siguiente, 6 de enero, con los atributos de la realeza. A veces, también se ponía no una, sino varias habas, y entonces al que le tocaba la primera se le llamaba “rey”; al que le tocaba otra, “infante”, y a la muchacha que le tocara la tercera se la denominaba “reina”, pues generalmente  no se ponían más de tres.

Las más famosas celebraciones de esta fiesta fueron las de Estella en 1381, de Sangüesa en 1413, Tudela en 1423, Tafalla en 1424 y Pamplona en 1439. Pero es la ciudad de Olite  la que  se distinguió  como sede habitual de esta ceremonia conocida en la documentación con el nombre de “el petit Rey”.

Según Caro Baroja, el “Diccionario de antigüedades del reino de Navarra” de Yanguas y Miranda, hace referencia a que en el año 1361, había sido elegido rey “Juanito Ovitos” hijo del barbero del monarca  auténtico, quien siguiendo la costumbre tradicional, asignó a Ovitos una pensión vitalicia. En aquellos años la corte real pagó notables sueldos por la lujosa indumentaria del chico Rey de la Faba. En el año 1422, en Olite,  entre  los  personajes que asistieron al banquete de coronación del Rey de la Faba, estaban el abad de Irache, el embajador del Delfín de Francia, la hija bastarda del Rey, tres pobres y el personal habitual de la corte del monarca.

Palacio Real de Olite. Navarra. Fuente: www,castillodeolite.net

Y es así como, año tras año, vemos que esta fiesta se celebra por la  Epifanía principalmente  en Olite, residencia  preferida de los reyes de Navarra y en otras localidades como Marcilla y Pamplona. En Aoíz, como describe Caro Baroja, hasta hace muy poco, después de cenar el día de la víspera de la Epifanía se “echaba el reinau”, y así  el rey no se elegía por medio de un pastel con un haba dentro, sino repartiéndose la baraja y tocándole el cargo al que recibía el as de oros.

Esta curiosa tradición pervivió en Navarra desde el siglo XIV hasta bien avanzado el siglo XV y dejó de practicarse cuando Navarra pasó a la Corona de Castilla. Posteriormente, el pueblo siguió manteniendo la costumbre de nombrar un Rey de la Faba  de carácter mucho más popular. Cada elección anual venía acompañada de gran alboroto en la calle. Hasta el año 1765, en que se prohibe su celebración a través de un  decreto real, dictado por el Real y Supremo Consejo del Reino argumentando que se venían cometiendo abundantes excesos a cuenta de esta tradición. Esta resolución no consiguió hacer desaparecer la costumbre dentro de las casas, en el seno de cada familia; es evidente que estamos ante una fiesta especialmente arraigada en la sociedad navarra. Y hay que decir que sus rescoldos nunca se apagaron. La fiesta palaciega fue restaurada en los años treinta del siglo XX por Ignacio Baleztena, fundador en 1931 de la peña Muthiko Alaiak, que a partir de la década siguiente continuó celebrándola en sus locales eligiendo rey a un niño asilado en la Casa de Misericordia. En 1964 adquirió su carácter itinerante actual, celebrándose alternativamente en distintos lugares donde residió la Corte de Navarra.

La fiesta actual, entrelaza el rito del Rey de la Faba con toda la parafernalia de una coronación real medieval y ya no tiene una fecha concreta fija de celebración, que queda al arbitrio de los organizadores. De todos modos, la noche de la víspera de la festividad de los Reyes Magos, se siguen degustando los famosos roscos de reyes en los que los niños buscan una “faba” o cualquier otra figurita sustitutiva de la misma. Estos roscos suelen traer una corona de cartón para que aquel que encuentre la “faba” sea coronado. Es la forma actual de mantener esta vieja tradición medieval dentro de cada hogar navarro.

Dos tradiciones superpuestas: una, pagana; otra, cristiana

El delicioso Roscón de Reyes con sus frutas confitadas, la corona de papel, el haba y la sorpresa es una tradición antiquísima. Ya estaba presente en las Saturnalias romanas, unas fiestas paganas en honor al dios Saturno inmensamente populares que  tenían lugar a mediados de Diciembre coincidiendo con el solsticio de invierno. Durante esos días, nadie trabajaba, patricios, plebeyos y esclavos intercambiaban regalos, comían hasta el hartazgo y bebían todavía más. En aquellos rituales se  ofrecía una torta redonda con higos, dátiles y miel, en cuyo interior  se colocaba un haba (símbolo del sol y de la fertilidad, el haba, plantada al comenzar el invierno venía a ser una promesa de cosecha en primavera) que transformaba a quien la encontraba en rey coronado de la fiesta.

Pero también en las fiestas en honor a Jano, el dios de las dos caras, una de anciano que mira hacia atrás y otra de joven que mira al futuro, simbolizando el nuevo año que comienza. Era el dios de las puertas y también llamado dios de los pasteles. Ianuarius es el mes dedicado a Jano. En el primer día de cada mes se celebraban las Calendas. Su templo tenía doce puertas correspondientes a cada uno de los meses del año. Las puertas permanecían abiertas durante los tiempos de guerra y cerradas cuando la paz reinaba en el Imperio. Todo romano que deseaba emprender con buen pie un negocio o finalizar con éxito una empresa, acudía a rendir culto al dios Jano. El  primer día del mes, los romanos ofrecían a Jano, una torta de pan hecha de harina previamente amasada  con sal y vino y se acostumbraba a regalar ramos de olivo y laurel, procedentes del bosque sagrado de Estrenia, la diosa de la salud, y también dulces como símbolo de buena suerte, para mitigar el sabor amargo de algunos trances de la vida. Este día estaba dedicado al perdón y a los sentimientos de amistad. Los cónsules tomaban posesión de su cargo el primero de Enero y hacían sus ofrendas por la prosperidad de la nación en un ritual religioso en el Capitolio.

En ambas ceremonias en honor a dioses y fuerzas de la naturaleza, destinadas a garantizar la bondad del ciclo agrícola anual, evitar enfermedades en los ganados o asegurar la fecundidad femenina  podríamos encontrar los orígenes del Roscón de Reyes.

Una vez cristianizado el imperio, la Iglesia, dispuesta a acabar con todo lo que sonase a pagano, hizo coincidir la fecha del nacimiento de Cristo con el solsticio de invierno celebrado por los romanos; y de esa manera  trató de convertir esta tradición de vicio y perversión en una festividad cristiana. Se consiguió el propósito más o menos, aunque las comilonas, la abundancia de alcohol, los regalos y el roscón de las Saturnalias pervivieron para demostrar que tradiciones bien arraigadas pueden adaptarse a cambios muy radicales.

Parece ser que fue hacia la mitad del siglo XVIII cuando en España se generalizó esa costumbre: la tradición  del rosco quedó como culminación de las fiestas de Navidad, manteniendo el simbolismo propio del círculo – expresión de perfección y de indivisión- y del haba –signo de fecundidad y vida elemental; más tarde se introdujo el refinado matiz de cubrirlo de frutas escarchadas, sin faltar la sorpresa en su interior.

El mismo siglo XVIII, un cocinero francés, con ganas de contentar al pequeño Luis XV, introdujo como sorpresa en el roscón una moneda de oro (algunas fuentes indicaban que era un medallón de oro y rubíes). A partir de ese momento, en el Roscón de Reyes se han entremezclado dos tipos de sorpresas: una, positiva, representada por una moneda o una figurita (de la Virgen Y San José); otra, negativa, singularizada en el haba. Quien en su trozo encuentra la moneda o figura, será coronado  como rey de la casa; y a quien le toque el haba, tendrá que pagar el roscón. Costumbres que se alejan ya del espíritu original.

En algunas regiones de España es tradición que a la hora de presentar el Roscón, en la mesa se recite el siguiente poema:

He aquí el Roscón de Reyes
tradición de un gran banquete,
en el cual  hay dos sorpresas
para los que tengan suerte.
 
En él hay, muy bien ocultas,
un haba y una figura;
el que lo vaya a cortar
hágalo sin travesura.
 
Quién en la boca se encuentre
una cosa un tanto dura ,
a lo peor es el haba
o a lo mejor la figura.
Si es el haba lo encontrado
este postre pagarás
mas si ello es la figura
coronado y rey serás.

Julio Caro Baroja en un fragmento de “El Carnaval” relativo al Roscón de Reyes, describe festejos semejantes de primero de año celebrados por los árabes españoles en la Edad Media; y  se refiere a unos versos de Ibn Guzmán en el “Cancionero”,  relacionando el vocablo “hallon” con los castellanos “hallulla” y “hallulo”, muy usado este último en Granada para designar a una torta y a un diadema idénticas al roscón. Cita también las fiestas del “Yanáir” –voz mozárabe que  significa el mes de enero y el nuevo año-, en que cristianos y árabes, participaban juntos.

….y la Vasilópita griega

En Grecia se celebra la Noche de Fin de año con el reparto del roscón de San Basilio, la llamada Vasilópita. Una especie de bollo similar al roscón de Reyes que se come en compañía de la familia y amigos. El personaje del que recibe su nombre es San Basilio el Grande. San Basilio nace en el siglo IV en Capadocia, en Asia Menor y llega a ser obispo de Cesárea, hoy Kayseri, en la actual Turquia. Es uno de los cuatro padres de la Iglesia ortodoxa  junto con San Atanasio, San Gregorio Nacianceno y San Juan Crisóstomo. En Grecia la figura del santo continúa muy viva en la tradición popular, hasta el punto de bautizar dicha torta  con su nombre. Es él quien visita a los niños el primero de enero y se corresponde con el San Nicolás del día de Navidad, o con los Reyes Magos, que llegan el 6 de enero.

Según la leyenda, San Basilio debía devolver a los ciudadanos de Cesárea las monedas que habían aportado para cubrir la suma de dinero que un tirano de la región, luego de asediar la ciudad, exigía para su liberación. Como desconocía la aportación económica de cada familia y para que fuese justo el reparto, distribuyó al azar panes con las monedas de oro en su interior y por un milagro -en el que apareció San Mercurio de Cesárea, blandiendo sus dos espadas y haciéndose acompañar por sus soldados: los ángeles- hizo desaparecer al tirano y así  la ciudad de Cesárea fue salvada, recibiendo cada habitante exactamente su aportación inicial. Desde entonces, la costumbre de la Vasilópita se transmitió de generación en generación, con la finalidad de recordarnos  el amor y la bondad de aquel santo.

Pero el corte y reparto de tortas como la Vasilópita,  tiene raíces en tradiciones ancestrales que sobrevivieron al mundo cristiano. En la antigüedad existían los “panes ceremoniales”, que los griegos ofrecían a los dioses en grandes festejos rurales. Tales fiestas eran las “Thalysias” y las “Thesmophorias”. En las Kronias (festejo del dios Kronos), preparaban dulces y empanadas siguiendo el ritual que encontramos en nuestros días al cortar la Vasilópita.

En ella se incluye una moneda (antes era una lira de plata o de oro, ahora se trata de una moneda normal). En la medianoche del 31 de diciembre al 1 de enero se graba sobre la Vasilópita la señal de la cruz con un cuchillo. Se corta un pedazo de pastel para cada miembro de la familia y los visitantes presentes en el momento, por orden de edad, de mayor a menor. También se cortan trozos para varias personas o grupos simbólicos, según la tradición local y familiar, que pueden incluir al Señor, a la Virgen, San Basilio y otros santos. Quien tiene la suerte de comerse el trozo donde está la moneda tendrá un año muy próspero. A continuación se cena en casa con toda la familia gran variedad de platos.El período navideño termina con el bautizo del niño Jesús el 6 de enero, día de la Epifanía en España.

El  paralelismo entre ambas tradiciones

Tradiciones y convicciones populares arraigadas en la noche de los tiempos llegan hasta nuestros días para demostrar que gentes de diferentes épocas y latitudes parten de un origen común para expresar sus creencias, sus esperanzas, su felicidad pero también la inquietud ante lo que deparará el siguiente ciclo.

Españoles y griegos  intentan  atraer la buena suerte, el dinero, el  amor o la salud  durante los siguientes 365 días, a través de rituales de origen común. Ambas tradiciones, el reparto de la Vasilópita durante la fiesta de San Basilio (nombre que proviene del vocablo “basilefs”, que significa rey) y el  Roscón de Reyes –eco de la antigua fiesta del “Rey de Faba” -, están emparentados no sólo por su nombre sino por la cercanía o coincidencia de fechas en que se celebran, por la costumbre de poner algo en el interior del rosco como símbolo de fortuna y prosperidad y por su origen común en los rituales de la antigüedad pagana.

La moneda, el haba, la figurita, todos estos símbolos representan la prosperidad guardada en el interior de un círculo cuajado en harina y azúcar, donde se enhebran las ilusiones en torno a la mesa de la cena familiar.

Fuentes

Caro Baroja, Julio (1983) . El Carnaval. Madrid: Taurus Ediciones

Archivo General de Navarra

El rey de la faba en el arte

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