“Echar los niños al Señor” y otros prodigios en torno a la noche de San Juan

“Esta noche todos los ríos del mundo llevan una gota del Jordán. Por eso es milagrosa el agua”
La dama del alba. Alejandro Casona

En nuestro interés por el origen de las fiestas hemos elegido la festividad de San Juan como argumento central de nuestra ruta de este año. Esta fiesta, que comienza la noche de cada 23 de junio, es una de las más importantes del calendario festivo español e internacional. San Juan es, por encima de la advocación cristiana, una celebración del solsticio de verano, anclada en celebraciones de origen precristiano con una dimensión agraria y erótica muy marcada. La fiesta marca el tránsito entre la primavera y el verano, periodos relacionados con la fecundidad de la tierra- la siembra y la cosecha- y gira en torno a la exaltación de dos elementos opuestos- el agua y el fuego-.

Nosotros hemos venido a Soria para presenciar uno de los ritos más extraordinarios que que se celebran en el mundo alrededor de este elemento -el paso del fuego en San Pedro Manrique- al que ya hemos dedicado un capítulo y del que seguiremos hablando. Pero hay muchos otros ejemplos de prácticas y creencias mágicas documentadas alrededor de esta fiesta de importancia cósmica tanto en esta zona del norte de Castilla donde nos encontramos, como en el resto del territorio nacional. La fiesta de San Juan es una fiesta solar, donde tanto el agua como el fuego adquieren un valor purificador. Entre esas acciones mágicas que han estado presentes en el imaginario colectivo de los pueblos de la Península Ibérica está la de levantarse antes de que saliera el sol para lavarse la cara con el agua del rocío caído durante la noche de San Juan y que, según la tradición, tenía propiedades terapéuticas. Revolcarse desnudo por los prados cubiertos de rocío y bañar a los animales en las aguas de San Juan era bueno para la sarna y algunas plantas adquirían un poder curativo especial si se recogían muy de mañana.

Pero aparte del efecto curativo, estaba el componente erótico. Desde el siglo XVI el Romancero popular viene recogiendo, en forma de romances y canciones, prácticas como la flor del agua, que consistía en que las mozas solteras echaban flores en una fuente la víspera de San Juan e iban a recogerla de madrugada. Sólo aquella que recogiera el agua en primer lugar conseguiría echarse novio o casarse.

Mientras esperábamos a que ocurriera el prodigio de los pies que cruzan desnudos el fuego en la noche de San Juan, tuvimos la ocasión de presenciar de manera casual otro de los ritos que se celebran en esta zona en torno a esta festividad. En Fuentes de Magaña tienen por tradición estos días  “echar” los niños al Señor, en la que según nos contó más tarde Antonio Arroyo, cura párroco de San Pedro, los niños nacidos el año anterior, son ofrecidos por sus padres en un altar preparado para la ocasión en el que serán bendecidos por el cura. Todo ello ocurre en el lugar más señalado del pueblo: la plaza del Ayuntamiento. Allí esperan a la comitiva que vendrá de la iglesia presidida por el sacerdote, quien precedido por el palio y los estandartes de las cofradías, ejecutará el rito con la Custodia en mano, símbolo del Santísimo, que protegerá a los niños de cualquier influencia maligna durante toda su vida.

Esta celebración nos trajo a la memoria una fotografía de Cristina García Rodero que ya habíamos visto hace tiempo. En ella un hombre vestido con un pantalón y chaquetilla adornados de franjas, flecos, galones y rombos salta por encima de un colchón donde reposa un grupo de niños no mayores de un año. Es el Colacho, que se celebra en Castrillo de Murcia (Burgos) durante la Octava del Corpus. Una especie de demonio cubierto con una máscara ridícula y repulsiva que lleva un rabo de buey en la mano con el que se defiende de las burlas de la chiquillería. Cada vez que el Colacho salta sobre el colchón huye derrotado, sin poder ejercer su influencia demoníaca sobre unos infantes que inmediatamente serán bendecidos por el cura. Cuantas más veces salte tanto mejor, pues más bendiciones se llevarán los niños. Es el momento más intenso y de mayor emoción, la alegría del pueblo llega a su culmen:  la jóvenes solteras se apresuran a coger a los niños para investirse de un cierto poder fertilizador. El Bien ha vencido al Mal en la inocencia infantil.

Es evidente que existe un origen común entre ambas tradiciones. Pensemos en el mundo en que se originan estos ritos defensivos- sociedades agrarias para las que lo diabólico tenía una presencia real- donde esa influencia se manifiesta en muchos aspectos de la vida diaria. La enfermedad era uno de esos influjos diabólicos. Al saltar el diablo por encima de los colchones, huyendo de los niños, ha desaparecido de por vida su influencia sobre ellos, viéndose libres de enfermedades diabólicas como el mal de hernia. Hay también otros ritos de curación de la hernia infantil documentados, en los que se hacía pasar al bebé entre las dos partes hendidas de la rama de un árbol, recordando algún viejo rito terapéutico druídico.

Seguramente estos ritos han ido acumulando diversos estratos de significación con su devenir a lo largo del tiempo. Los más profundos y olvidados hoy, estarían seguramente tan arraigados en la conciencia colectiva que la religión oficial se vio obligada a incorporarlos, cercenados en su aspecto más “dionisiaco” por continuas prohibiciones. Todo esto nos hace pensar en lo sutiles que son las fronteras entre superstición, magia y religión, que José Manuel Pedrosa analiza en su ensayo Religión, magia, superstición: las políticas de la religiosidad¹, y cuya única diferencia radica según él en:

“…el punto de vista de quien las pronuncia, la posición -podríamos decir política- tras la que se atrinchera el grupo en relación con los otros; el grado de verdad- y, por tanto, de legitimidad, de poder- que nos atribuimos a nosotros y atribuimos a los demás. En todas partes se da, de modo absolutamente parcial e interesado, el nombre de religión a las creencias nuestras; de magia a las creencias de ciertos otros a los que rechazamos, pero a los que, hasta cierto punto, creemos e incluso tememos; y de superstición a las creencias de los otros a los que nos parecen más ínfimos y despreciables, a los que ni creemos, ni, mucho menos, tememos.”

Estos otros son nuestros abuelos, los últimos supervivientes de una cultura de siglos que el progreso se llevó por delante en poco más de dos generaciones. Un progreso cuya consigna ha sido: “el pasado ya no es necesario para el futuro”.

Hoy, vaciada la memoria y reconvertidos en hijos de la prisa, buscamos cierto sosiego en el reencuentro con lo átavico perdido y no hay lugar que se precie que no tenga un museo de tradiciones o una revista donde los hijos del pueblo reviven lo poco que encuentran en los cajones, del mucho conocimiento que sus mayores se llevaron a la tumba.

Conscientes de lo contra-temporal, de lo anacrónico que representan, de la extrañeza e incluso el rechazo que provocan estas tradiciones en la mentalidad tecnológica y urbana del siglo XXI, lanzamos esta botella al océano virtual, con la esperanza de que quien la recoja sepa reconocer al menos, el valor cósmico y poético que encierran estos relatos tradicionales y el error en que incurrimos al despreciar estas formas arcanas de acercamiento a la realidad.

Vídeos sobre la tradición del Colacho:

Bibliografía:

– ¹Elías Rubio, J.M. Pedrosa, C.J. Palacios. Creencias y supersticiones populares de la provincia de Burgos. Colección Tentenublo. Burgos 2007.

– Caro Baroja, Julio. La estación del amor: fiestas populares de mayo a San Juan. Madrid: Taurus, 1979.

– Valdivielso Arce, Jaime L. La fiesta del Colacho en Castrillo de Murcia (Burgos). En Revista de Folklore. Fundación Joaquín Díaz. Número: 150, Año: 1993Págs: 190-199.  http://www.funjdiaz.net/folklore/07ficha.php?ID=1181 ,

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