Los libros que nos inspiraron una ruta (I). Campos de Castilla

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En el curso de rutas inéditas hemos viajado por lugares ocultos de la geografía española: seguimos la huella de los mudéjares en la arquitectura de Aragón, nos adentramos en los enigmas de la literatura aljamiada con los moriscos, rastreamos la presencia de la cultura hebrea en los pueblos del norte de Extremadura, quisimos saber de pasiegos, agotes, maragatos… Sin embargo, nunca nos habíamos adentrado en el alma de un poeta.

La historia de Antonio Machado  es la de estas gentes marginales, derrotados a quienes la Historia con mayúsculas quiso robar voz y memoria. Su alma, tiene la forma de un paisaje. Y es nuestra pasión por éste la que nos ha llevado a sus Campos de Castilla que, a pesar de ser un libro de versos dedicado a la pérdida: de un amor, de la juventud, de un país… es también uno de los mejores libros sobre paisajes que se han escrito nunca.  Quizás porque en su lectura nos ha transportado, con la luz cambiante del amanecer al ocaso, sobre el paisaje duro y sin concesiones de la tierra castellana, que el poeta describe como una extensión de su propia alma.

A este mundo de paisajes interiores hemos querido dedicarle la primera entrada en nuestro espacio sobre libros. Quizás en una de nuestras rutas futuras, salgamos con él debajo del brazo para acompañar al poeta en uno de sus paseos por las orillas del Duero, o en sus subidas a los alcores sorianos, para sentarnos a observar desde lo alto, tal como él hizo, el paisaje de nuestra propia vida.

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3 pensamientos en “Los libros que nos inspiraron una ruta (I). Campos de Castilla

  1. Ioanna Felicia Papadatou

    Los Símbolos del Agua en la Poesia de Antonio Machado
    En nuestra búsqueda de la simbología del agua, ríos y mares, en la poesía de Antonio Machado, nos hemos encontrado con la influencia de uno de los grandes clásicos de la poesía castellana del Prerrenacimiento. Jorge Manrique: transición de la época medieval al Renacimiento, nos da ideas nuevas con una concepción renacentista del siglo siguiente de una manera llana y serena, que nos recuerda a Machado por su aire de sencillez y sobriedad.

    Manrique habla de la existencia de tres vidas,

    1-la humana mortal
    2-la de la fama
    3-la eterna, que no tiene fin.

    Dice Manrique que las personas ganan fama y virtudes convirtiéndose en caballeros y guerreros cristianos. En su poesía se señala el nulo valor de la vida humana terrenal y de los bienes (riqueza, placeres y nobleza). Se destaca también el valor de la vida eterna y la manera de alcanzarla, mediante la virtud y cumplimiento de las obligaciones cristianas

    Coplas de Don Jorge Manrique por la muerte de su padre

    Recuerde el alma dormida,
    avive el seso e despierte
    contemplando
    cómo se passa la vida,
    cómo se viene la muerte
    tan callando;
    cuán presto se va el plazer,
    cómo, después de acordado,
    da dolor;
    cómo, a nuestro parescer,
    cualquiere tiempo passado
    fue mejor.

    II

    Pues si vemos lo presente
    cómo en un punto s’es ido
    e acabado,
    si juzgamos sabiamente,
    daremos lo non venido
    por passado.
    Non se engañe nadi, no,
    pensando que ha de durar
    lo que espera
    más que duró lo que vio,
    pues que todo ha de passar
    por tal manera.

    III

    Nuestras vidas son los ríos
    que van a dar en la mar,
    qu’es el morir;
    allí van los señoríos
    derechos a se acabar
    e consumir;
    allí los ríos caudales,
    allí los otros medianos
    e más chicos,
    allegados, son iguales
    los que viven por sus manos
    e los ricos.

    Las tres primeras coplas exhortan al lector a tomar conciencia de la temporalidad y de la naturaleza efímera de la vida terrenal ( I-II ). La vida y sus placeres pasan rápidamente y terminan en la muerte, que iguala a los que viven por sus manos, los pobres, y los ricos (III).
    Nos llama profundamente la atención la hermosa estrofa donde asemeja la vidas de ricos y pobres con los ríos, ya sean grandes o pequeños, cuyo fin último es llegar al mar, que es la muerte y nos recuerda que todos somos iguales ante ella. A los personajes poderosos de nada les sirve acumular riquezas pues la muerte los trata igual que a pobres pastores. El tema es la fugacidad de la vida, y nos hace reflexionar sobre su brevedad y la inutilidad de placeres y riquezas.

    De la misma manera, cuatro siglos después Machado, en su libro Soledades de 1903 dedica un poema titulado ¨Glosa¨ al inmortal Manrique:

    Nuestras vidas son los ríos
    que van a dar en la mar,
    que es el morir. ¡Gran cantar!
    Entre los poetas míos
    tiene Manrique un altar.
    Dulce gozo del vivir:
    mala ciencia del pasar,
    ciego huir a la mar.
    Tras el pavor del morir
    está el placer de llegar.
    ¡Gran placer!
    Mas ¿y el horror de volver?
    ¡Gran pesar! (VIII)

    En el libro Campos de Castilla hay alusiones al mar y a los ríos de una manera simbólica. En el poema: A orillas del Duero, para simbolizar el abandono forzoso de la tierra castellana por sus hijos.

    ¨..atónitos palurdos sin danzas ni canciones
    que aún van, abandonando el mortecino hogar,
    como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar!¨

    En Meditaciones rurales donde expresa de manera cruda su desesperanza del momento:

    Algo importa
    que en la vida mala y corta
    que llevamos
    libres o siervos seamos;
    mas, si vamos a la mar
    lo mismo nos ha de dar

    En los proverbios y cantares CXXXVI-XV aparece el mar con un valor simbólico para aludir al pasado y al futuro del hombre

    Cantad conmigo a coro: Saber, nada sabemos,
    de arcano mar vinimos, a ignota mar iremos

    En CXXXVI-XLV se habla de dos formas diferentes de morir, y una de ellas
    consiste sin duda en la disolución física de la vida individual:

    Morir… ¿Caer como gota
    de mar en el mar inmenso?

    O en este poema de protesta y confrontación CXIX, donde el mar simboliza lo ignoto, el olvido y la muerte

    Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
    Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
    Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
    Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

    Un mar con el que el hombre tiene que luchar cuando se encuentra despierto en CXXXVI-XXVIII

    Todo hombre tiene dos
    batallas que pelear:
    en sueños lucha con Dios;
    y despierto, con el mar.

    Y los archiconocidos versos donde Machado habla del ¨ser en el mundo¨ Y como el camino de la vida es un trazo fugaz que desaparece como la estela que deja un barco en la inmensidad del mar:

    CXXXVI-XXIX CXXXVI-XLIV

    Caminante, son tus huellas Todo pasa y todo queda,
    el camino, y nada más; pero lo nuestro es pasar,
    caminante, no hay camino, pasar haciendo caminos,
    se hace camino al andar. caminos sobre la mar.
    Al andar se hace camino,
    y al volver la vista atrás
    se ve la senda que nunca
    se ha de volver a pisar.
    Caminante, no hay camino,
    sino estelas en la mar

    Dentro de esa visión del mar y de los ríos que desembocan en un mar que representa el final de la vida podemos encontrar también algunos ejemplos en la poesía griega moderna: Laskaris ( To Potami ) y Drosinis ( I Thalasa kai ta Potamia ). Drosinis también habla del nulo valor de la riqueza en la vida.
    .
    Χριστος Λασκαρης
    Το Ποταμι

    Στέκει το φεγγάρι και κοιτάει
    το ποτάμι, που πηγαίνει μοναχό,
    κάποιος στο χορτάρι τραγουδάει
    κρεμασμένος απ’ τον ουρανό.
    Και η νύχτα κάθε τόσο σταματάει
    από άξαφνο του ποταμού λυγμό,
    χαμηλώνει το φεγγάρι και ρωτάει
    τι έχει και στενάζει το νερό.
    Και πηγαίνει, όλο πάει το ποτάμι,
    στ’ ανοιχτού πελάγου το χαμό,
    κάποιος μες στη νύχτα τραγουδάει,
    για αγάπη και για χωρισμό.

    Γεωργιος Δροσινης
    H θάλασσα και τα ποτάμια

    Πήγαν τα ποτάμια
    παραπονεμένα
    κι είπαν της θαλάσσης:
    ― Φέρνομε σ’ εσένα
    όλα μας τα πλούτη,
    όλη τη χαρά μας,
    όλη τη ζωή μας,
    όλα τα νερά μας.
    Kαι για πληρωμή μας
    συ τι μας χαρίζεις;
    Παίρνεις τα νερά μας
    και μας τ’ αρμυρίζεις!

    Kαι τους είπ’ εκείνη:
    ― Πώς μπορώ ν’ αλλάξω;
    Tα γλυκά μερά σας
    πώς να τα φυλάξω;
    Eίμ’ από τη φύση
    αρμυρή πλασμένη
    Kι αρμυρό κοντά μου
    κάθε τι θα γένει.
    Tα παράπονά σας
    πάνε στα χαμένα.
    Θέτε το καλό σας;
    φεύγετ’ από μένα.

    Christos Laskaris (1931-2008 ) en su poema nos mostra como el rio (movimiento, evolución, vida ) sigue inevitablemente hasta el mar (el final, el infinito ) dónde nada puede cambiar su ruta. Es el destino de la vida terrenal, como los rios que desembocan en el mar.
    Lo mismo podemos ver con el poema de Georgios Drosinis (1859-1951), no importa que, el rio seguirá su caudal hasta el mar. Aqui también podemos ver, como en los poemas de Jorge Manrique y Antonio Machado, que no mporta si hay riqueza o no, no importa si el rio es grande o chico, el final es lo mismo para todos.
    Para finalizar, podemos decir que desde Manrique hasta Machado, Laskaris y Drosinis, el concepto de la vida y de la muerte ( del rio y del mar) destaca por igual en sus poemas.

    Cristina Yannakoulis
    Ioanna Felicia Papadatou

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  2. Rallou Kendridi

    Por Rallou Kendridi
    Un viaje imaginario a la Soria machadiana…

    VEO
    la sombra de un buitre que planea sobre la hermosa tierra,
    que brinca de hayedos a olmos y de encinas a ciruelos blanqueados,
    que se hunde en las aguas cárdenas de riachuelos en sus cursos
    caprichosos hacia el padre Duero,
    que se arremolina inquieta sobre los campos yermos y despoblados antes
    de reposar en su refugio de roquedos apenas discernido en el ámbar del crepúsculo

    OIGO
    el clamor del roble bajo el hacha despiadada del leñador,
    el bramido del viento que hace temblar los postigos,
    los trinos hambrientos de las pequeñas cigüeñas,
    el suspiro de las piedras bajo cascos y ruedas que hollan caminos gloriosos,
    el chapoteo de codicia que se esconde en las aguas negras,
    el sollozo ribereño de un toro herido

    HUELO
    el agradecimiento de la tierra mojada después de jornadas de aridez,
    la riña de romeros, tomillos, salvias y espliegos en el mercado de aromas,
    la impaciencia de los campos recién abonados,
    el perfume de unos cabellos inertes,
    sabores exuberantes que borbotean dentro de humildes cazuelas de barro

    SABOREO
    la sal del sudor de labriegos agotados,
    la amargura de un llanto abrumador,
    el dolor de un amor malogrado,
    el desaliento del último beso,
    las manchas de una ciruela jugosa y
    los irisados reflejos de una fuente escondida

    ACARICIO
    el rocío suspendido que se deposita
    lentamente en las hojas de un álamo,
    un escudo caído en una puerta antes majestuosa,
    los surcos de un rostro mezquino,
    la punta de un alma verde que se esmera en brotar
    entre las ruinas ensombrecidas.

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  3. Marilena Stamouli

    TRIBUNA LITERATURA
    Las dos muertes de Machado

    JAVIER OLIVARES
    IGNACIO GARCÍA DE LEÁNIZ CAPRILE
    Actualizado: 21/02/2014 02:46 horas
    ¿QUIÉN LEE hoy a Machado? ¿Quién sostiene su honda visión de España, tan de la ILE, tan original y regeneracionista a un tiempo? No estoy seguro. Desde luego que los más jóvenes no, que es a quienes más a mano tengo en la Universidad. Y me temo que la generación anterior, aquellos que hoy educan a dicha juventud, en el fondo tampoco más allá de cuatro aforismos consabidos o algún poema musicado. Como si este olvido, ahora que se cumplen ya setenta y cinco años de su muerte, confirmara de pleno aquel «rencor contra la excelencia» que advertía Marías que tanto daño está haciendo a Occidente: no digamos a nuestro país. Y que tantos malestares y menesteres actuales explica, rodeados como estamos de tanta información y tan escaso conocimiento y sensibilidad.
    Porque somos, es cierto, lo que leemos pero más lo que no leemos, cosa que se tiende a soslayar. Y privarnos del placer de la lectura de Machado, además de todo un universo estético, es prescindir de una comprensión de nuestra realidad que fluye por entre esa extraordinaria constelación de figuras que van desde la Generación del 98 a la del 27 pasando por la del 14. Y también de una forma de amar intensa, dolorosa, creativa, liberal, cordialmente -todo eso cabe en Machado- a nuestro país desde una perspectiva no precisamente conservadora. Siendo bien consciente de sus fracasos y disfunciones pero también de los logros y valiosidades de esta tierra nuestra. Por eso fue capaz de transitar desde una España desdeñable en sus Soledades primeras a otra vista ya con mirada de ternura cordial tras su descubrimiento del paisaje castellano en Campos de Castilla, reabsorbiendo deportivamente como Ortega su circunstancia y haciéndose cargo de ella con afán de mejora. Tal vez por eso, por su simpatía intelectual y su querencia hispánica más allá de las ideologías, esté sutilmente postergado este Machado que si en lo político incomoda a unos, en lo patriótico deja en franca evidencia a otros.
    Fue su muerte un 22 de febrero de 1939, Miércoles de Ceniza, a las tres y media de la tarde, en un Collioure enclavado en el mar del Rosellón francés, apenas a 26 kilómetros de nuestros Pirineos. Los suficientes para morir trasterrado. Y además en un país vecino al que -como Unamuno- no guardaba excesivas simpatías tras su triste experiencia parisina con Leonor en 1911. Como si en su última desnudez le fuera denegada la petición de Rilke de poder «vivir su propia muerte» a cambio de morir extrañado. No por casualidad había dicho en una de sus entrevistas en Valencia meses antes: «Tengo la certeza de que el extranjero significaría mi muerte». Fueron cuatro días de agonías en las que en su delirio no cesaba de dar las gracias a los acompañantes, su hermano José y su cuñada Matea. Al lado, allí en el hotel Bougnol-Quintana, en un camastro su madre agonizante -doña Ana- que fallecerá tres días después. Esa misma que al cruzar la frontera y llegar en noche cerrada a la estación de Cerbére preguntaba a sus hijos: «¿Llegaremos pronto a Sevilla?». Las últimas palabras inteligibles del poeta fueron precisamente un: «Adiós, madre».
    Pocas muertes habrá en nuestra historia reciente tan desoladoras -tal vez la de Jovellanos-,pero conmovedora como aquella otra de Alonso Quijano el Bueno. Un mes antes, al llegar a la frontera francesa en destartalado éxodo, Corpus Barga tuvo que explicar al comisario de policía para que lo dejaran entrar: «Se trata de don Antonio Machado, un viejo poeta que es en España lo mismo que Paul Valéry en Francia, y que se encuentra enfermo y tan achacoso como su madre». Su equipaje -una humilde maleta- se había perdido al cruzar los Pirineos con sus libros y notas, salvo una cajita con tierra española que portaba consigo, cumpliendo la máxima de Cicerón, «Omnia mea mecum porto: Todo lo mío lo llevo conmigo». Tal vez porque conocía muy bien la amarga reflexión de Danton de que uno no puede llevar a la patria en la suela de los zapatos. Pero sí al menos en los bolsillos, pensaría palpando la arqueta en su gabán durante sus alicaídos paseos frente al mar. Apenas dos años antes había escrito a Maeztu: «Lo específicamente español es la modestia (…). El español tiene ‘orgullo modesto’». Por eso añade en el Mairena esa frase formidable que resume su creencia más íntima y -según él- más nuestra y que contiene lo que hemos aportado a la cultura occidental: «Por mucho que valga un hombre, nunca tendrá valor más alto que el valor de ser un hombre». Era su versión acrisolada de aquel refrán castellano que desde pronto le encandiló: «Nadie es más que nadie». Y murió ciertamente como muere un don nadie. Muy poco después lo haría, también entre despojos, un poco más al norte en Montauban, Manuel Azaña. Habría que hacer el recuento de los españoles muertos literalmente de pena por las aflicciones de nuestro país. No creo que ningún otro alcance tamaño registro. Y con Machado bien a la cabeza de ellos -como antes Unamuno en Salamanca y a punto Ortega en Madrid- como muestra su última fotografía premortem tomada al pie de los Pirineos quizá por Corpus Barga. Los ojos como cavernas de mirada perdida, el rostro ajado y el cuerpo ya desmoronado recitan los versos cervantinos del Persiles: “Puesto ya el pie en el estribo, /con las ansias de la muerte, / gran señor, ésta te escribo”.
    PERO JUNTO a su muerte física, apuntábamos la otra de su obra. De ser laureado como figura literaria y política – lo cual nunca es buen maridaje- de la oposición a la dictadura y de la Transición, poco a poco fue orillándose su obra paradójicamente por esa misma izquierda una vez llegada al poder. Y, lo que explica muchas cosas, no digamos por parte de nuestros nacionalismos particularistas para quienes Machado sencillamente no existe. Es este olvido el drama histórico que hoy viven nuestros mejores: Ortega, Unamuno y Machado, por citar tres de ellos, cuya interrupción «aguas abajo» explica una nota de nuestro tiempo: su discontinuidad histórica. Y, también, una gran patología política: la falta de una idea de España, como fue y como puede llegar a ser, amando su circunstancia tal como es dada y proyectando a partir de ella un futuro de esperanza. Como pedía Machado en la muerte de Giner allá en el Guadarrama. Justo de lo que estamos hoy mancos. Y hay, me parece, un tercer factor que explica esta otra muerte de Machado: es su obra una de hondo sentimiento religioso, en la que Dios aparece y reaparece siempre buscado entre la niebla a través de la belleza lírica de la realidad y del hombre mismo, en los que hay un quid divino. Precisamente lo que no se estila.
    En el cementerio marino de Collioure, custodiado por la mole del Castillo Real, se encuentra una lápida bien simple: «ICI REPOSE Antonio MACHADO MORT en EXIL LE 22 FÉVRIER 1939». Allí reposa junto a su señora madre. Podemos rescatarle de su segunda muerte volviendo a su lectura habitual y dar así fe de su proverbio: «Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: despertar». Que me parece que es lo que necesitamos además de hacerle un duelo de labores y esperanzas.
    Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Recursos Humanos. Universidad de Alcalá de Henares

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