Días 6,20 de julio. En San Sebastián

Bilbao-San Sebastián

Por Panagiota Kyriakidis

Comenzamos nuestra primera ruta no demasiado temprano. Salimos de Bilbao a las 9:30 y enfilamos la autovía con dirección a San Sebastián. A las 10:30 ya estábamos entrando en la preciosa bahía de la Concha para dirigirnos al monte Igueldo.

Vista de la bahía desde el monte Igueldo con la isla de Santa clara y las playas de Ondarreta y la Concha

Vista de la bahía desde el monte Igueldo con la isla de Santa clara y las playas de Ondarreta y la Concha

Allí, tomamos el funicular que sube hasta la cumbre del monte. La vista desde arriba me recordó a Grecia, pero después de bajar, volví a la realidad. San Sebastián tenía algo. Esperando el autobús debajo del funicular, me atrajo la belleza de una villa cercana y un intenso olor a comida.

El olor nos llevó a mí y a otra compañera de viaje hasta la villa y la dueña de la casa, que estaba cocinando, nos la mostró, comentándonos que antes había acogido a celebridades.

funicular Igeldo1

Dejando esta combinación de olor a comida y burguesía, llegamos con el grupo a nuestra cita con Jon Mikel en el mercado de la Bretxa, situado a la entrada de la parte vieja de la ciudad. ¡Qué colores de flores, de frutas y qué calabacines! ¡Qué sol! Y qué vuelta tan interesante por el mercado de pescado, ¡Qué riqueza!

Puestos de pescado en el mercado de la Bretxa

Productos del mar en el mercado de la Bretxa

Con Jon Mikel en el puesto de verdura de Koro, la caxera. Nos dio unos tomates extraordinarios

Con Jon Mikel en el puesto de verdura de Koro, la kaixera. Trae sus propios productos desde el caserio. Sus tomates eran extraordinarios.

Una música callejera nos esperaba al subir del mercado. En esos días se celebraban en la ciudad las fiestas del Carmen (Karmengo Jaiak) y los gigantes y cabezudos nos seguían por las calles como si nos condujeran alegremente (pasando por una boda) a la sociedad gastronómica.

gigantes y cabezudos

Entramos en la sociedad gastronómica Amaikak-bat (www.amaikak-bat.org), donde Jon Mikel nos ofreció un aperitivo a base de jamón ibérico y queso de Idiazábal, acompañado con el vino de la tierra, el famoso txakolí.  Le dejamos para que empezara con lo suyo y seguimos camino del puerto.

A la entrada de la Sociedad Gastronómica

A la entrada de la Sociedad Gastronómica

Las calles llenas de gente, de alegría y de vida. Entrando en el puerto vimos que la ciudad se estaba preparando, había mesas y sillas preparadas para acoger a la gente y un escenario para los músicos. Me encontré con algunos bailes tradicionales: en uno de ellos, un hombre bailaba sobre una caja llevada a hombros por seis jóvenes vestidos de pescadores, grupos de de gente vestida de azul cantando, otra gente bañándose y jugando con el agua, bajo el alegre sol del día.

Hasta que llegó la hora de volver. A las tres teníamos la cita en la sociedad gastronómica, que fue un verdadera experiencia…Empezando por los pimientos de Ibarra, me di cuenta que era un asunto de azar: unos los disfrutabas, otros picaban. Experimentando, llegué a la conclusión de que los pequeños eran menos peligrosos y después de unos cuantos pimientos chiquitos ya estaba convencida de que conocía el secreto: el tamaño. Justo al momento de pensar esto tomé otro, segura de que el pimiento siguiente sería como los anteriores. No he probado una cosa así en mi vida. Me estuvo quemando durante un cuarto de hora y sólo con la ayuda de los amigos pude recuperarme. Menos mal que el chuletón que vino mas tarde me hizo olvidar todo. ¡No he tomado una carne tan bien hecha en mi vida! El primer trato con los amigos de la mesa, mucha risa con el temperamento de una chica vasca sentada cerca de la mesa…

Otra vez vuelta al centro de la fiesta, el puerto, donde el barco nos estaba esperando para enseñarnos las bellezas de la bahía, bajo un cielo nuboso. Narraciones históricas de Ángel, una ruta preciosa. Al volver a la tierra, había baile otra vez en el puerto., baile de gente espontánea, que gozamos con una copita de tinto de verano.

Cuando llega la hora del regreso, los sentimientos cambian. El sol ha bajado, la ciudad se ha comprometido a festejar toda la noche y yo estoy llena de imágenes, sabores y sentimientos, rodeada en el bus de gente a la que le gusta la vida y la amistad,  y una certeza de que a esta ciudad volveré pronto.

!Agur, Donostia!

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Un pensamiento en “Días 6,20 de julio. En San Sebastián

  1. Soula Tsilfidou

    LA CASA DONDE COMIÓ ROBERT DE NIRO

    Se dice que las experiencias más preciosas se ocultan en lo inesperado y lo imprevisto. En un viaje que no carecía de estos regalos de la realidad a la magia de la vida, una visita que no duró más de diez minutos destaca como un recuerdo inolvidable.
    Fue la mañana en que subimos al monte Igueldo. Tres de nuestro grupo habíamos bajado antes de los demás de la cumbre del monte y paseábamos por la estación del funicular mientras esperábamos a los demás. En algún momento Panagiota desapareció y cuando regresó nos habló de una señora que le había invitado a su casa, la misma casa estupenda que contemplamos a nuestra bajada y dominaba en la pequeña plaza de la estaciòn. “Me dijo que Robert De Niro había estado aquí” añadió. La seguí hasta una puerta lateral, donde en efecto estaba la señora.
    Era una de aquellas mujeres mediterráneas que pueden endulzar e iluminar hasta los días más nubosos.
    Cocinaba algo con mucho ajo (algo que no sorprendería a nadie en esta región gastronómica). En cuanto nos vio y sin retraso, como si nos hubiera estado esperando todo el día, dejó sus sartenes y sus pimientos y nos guió hacia el interior de la casa.
    ¡Qué maravilla!! Si el exterior de esa vivienda donostiarra ya prometía algo igualmente hermoso, la realidad de estos salones superaba cada expectativa. Espacios amplios llenos de muebles, lámparas y objetivos decorativos antiguos de una belleza indescriptible .
    Y por las paredes fotos, muchísimas fotos. Fotos con la señora y una multitud de personas celebres. Johny Depp, Lou Reed, Jack Nickolson, Pedro Almodóvar, y por supuesto Robert De Niro. Como nos dijo, la casa había conocido días de gloria como restaurante que recibió la crema y nata de los celebres visitantes de la ciudad y del famoso festival cinematográfico de San Sebastián. “Hasta Robert De Niro comió aquí” comentó con orgullo.
    Por medio de las ventanas que rodeaban los salones por todas partes entraba una luz de verano exhuberante que lo alumbraba todo. Era evidente que la decoración de esa casa no era la obra de un decorador profesional, algo que hasta en los casos más exitosos no provoca una sensación tan deliciosa de intimidad y de sentirse uno literalmente en su casa. Sin duda aquello era algo más personal, el resultado de recoger, poner y cuidar objetos que uno mismo ha elegido, acumulado y sobre todo, amado con el paso de los años. Ninguna huella de abandono y decadencia, aunque era evidente que el restaurante había dejado de funcionar hacía años. La señora lo había conservado intacto. Sin duda no éramos la primeras que había invitado para enseñárselo. Y su amor y el asombro y la admiración de los visitantes, pienso, habían ofrecido a esta vivienda una segunda vida, tras el fin de los días de cenas exquisitas.
    No sabía a dónde mirar y qué admirar, cuando Panagiota, más consciente de la realidad, miró por las ventanas nuestro autobús !en pleno movimiento! Presas de pánico, nos damos prisa para no perderlo, perdiéndonos las mismas en el interior de esa casa milagrosa con la señora corriendo detrás de nosotras y tratando de enseñarnos la salida.
    Así, bruscamente, terminó nuestra breve visita.
    Y ahora que ha pasado bastante tiempo y las experiencias han adquirido cada una su propia dimensión en la memoria, si pudiera elegir una sola ocasión en la cual regresara por arte de magia, sería a estos salones soleados de San Sebastián con aquella señora, cuyo nombre nunca supe, para pasar toda la tarde, saborear su cocina, compartir unas copas de vino, escuchar sus historias y conocer los detalles de aquella visita mítica de Robert De Niro y el porqué, de todos los famosos y reputados, fue él y no otro, el preferido y elegido de las muchos recuerdos de su vida.

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